De fugas imaginarias, literatura de no realidad y (contra)noticias
Bienvenidos a nuestro laboratorio de literatura potencial, experimentación formal y expresiva, antipoéticas cotidianas para amenizar el caos y desarmar las poses del tonto solemne y los fiscales académicos. Aquí va todo lo que puja un poco más allá de los sesgos y límites genéricos, lo que se resiste a ser clasificado y diseccionado, todo lo que aúna el potencial imaginativo y el sentido del humor al servicio de la literatura que arriesga y reinventa las narrativas pacatas e impuestas de la rea, la rea, la rea-lidad.


Etimologías
Chanta
Las palabras viajan de lengua en lengua, cruzan tiempos y mares hasta desembocar en nuevos puertos y trocar sus usos y sentidos en contorsiones que tienen sazón a sincretismo cultural y juegos del lenguaje. Es un juego del que todos participamos. Cuando le decimos a un amigo que es un chanta por hablar demás o no concretar sus promesas, estamos cruzando la cordillera hacia el Buenos Aires del siglo XIX y luego el Atlántico hasta llegar a Génova. Como muchos vocablos que arraigaron en la jerga porteña nuestra palabra viene de la herencia italiana. El vocablo genovés del que deriva chanta es ciantapuffi, que se refería a “alguien que no paga sus deudas”. Con la inmigración italiana del siglo XIX hacia el río de la Plata, tanto en Buenos Aires como en Montevideo las interacciones culturales, el diálogo entre criollos e inmigrantes europeos, el comercio y el delito fermentan en un caldo de cultivo lingüístico que da por resultado la emergencia del lunfardo.
Esta jerga errante que prevalece en algunos vocablos y letras de tango toma mucho de los vocablos italianos; es así como ciantapuffi se recorta para llegar a ser chanta. Este trozo de lenguaje que partió en conventillos, ambientes portuarios y marginales luego madura y se abre paso en el uso cotidiano de la lengua, expandiendo sus usos. Ya no es solo el que no paga las deudas, sino que alude a estafadores menores, personas poco confiables, pero también poco astutas, que hacen de la mentira una performance errática, teatral y reconocible. Y así, mediante la radio, las letras del tango y el intercambio cultural en el puerto de Valparaíso, que adoptamos la palabra chanta como si fuera un huérfano pillo, torpe, pero con algo de encanto, que incorporamos de a poco en nuestra familia hasta que se cuela en la cocina para llevarse una marraqueta con queso sin avisarle a nadie.






