

Editorial Crisol - Invierno
Atravesamos el equinoccio y la cosecha invernal de letras ya está aquí.
El poder floreciente en el tránsito del invierno hacia la primavera es el agua. Nuestro sur nos empapa a punta de rocío, chubascos, aguaceros; las constelaciones de gotas en las ventanas atizan la imaginación con asociaciones inusitadas; todo lo que ha sido latente y empollado en secreto comienza a ver la luz. El proceso de la escritura es, de alguna forma, el reverso de los ciclos naturales, y su afinidad con los viajes del agua por el cielo y la tierra genera campos metafóricos, magnetismos semánticos, figuras ágiles y escurridizas de todo tipo. Como ocurre con el hielo, que sueña con el movimiento del cauce ya emancipado de la quietud por la luz primaveral, los textos inéditos esperan largo tiempo para tomar vuelo hacia otras miradas. Y, antes que todo, siempre, la lectura. Antes de escribir leímos el lenguaje de las nubes, el susurro del viento, el tempo y eco del oleaje, las huellas en la nieve y el texto de la lluvia en nuestras ventanas. Antes de enarbolar al verbo lo recibimos, hechizados, en silencio, entregándonos a sus designios. Al menos eso es lo que logra la literatura de fuste: llevarnos allí donde no estamos, inaugurando momentos que permiten la fuga del espacio-tiempo.
En esta encrucijada cultural que nos avasalla a punta de una incertidumbre radical y una proliferación de contenidos digitales e inteligencias artificiales, de leyes de presupuesto y retóricas gubernamentales que denuestan el poder del lenguaje y la imaginación para someterlos a las leyes de la productividad y las apariencias, de supuestos curriculums y jerarquías que nada tienen que ver con la creatividad, volver a respirar en la atmósfera íntima de un texto que se nos revela solo a nosotros, que nos interpela o contagia con un sentimiento, alguna idea, alguna memoria, es más necesario que nunca. Detenerse, dejar que la prosa o la poesía nos arrullen y tomar la siesta con una almohada de libros como hacían los poetas nómadas japoneses. Esa es la invitación que les hacemos con nuestra primera edición de la Revista Crisol de Literatura, Territorio e Imaginarios. No al apuro ni al comentario prefabricado, los invitamos a seguir el placer de la lectura, a elegir sus textos o que ellos los elijan. Para eso hemos seleccionado una diversidad de textos, recibidos a través de nuestra convocatoria abierta Invierno y de nuestros colaboradores, para que cada quien halle una lengua, una voz afín.
El lector atento encontrará aquí poetas emergentes, como la magallánica Andrea Santana Bonacich, a quien entrevistamos sobre la publicación de su primer poemario, Prevenir la erosión, y algunos de cuyos poemas nos comparte acompañados de la prosa espejeante y sutil de su amiga, la también poeta magallánica Mariana Camelio, que ahonda en el diálogo de aquellos poemas con el territorio magallánico, sus algas, mareas, montes y exilios sureños en clave de canciones. El joven poeta temucano Ricardo Olave Montecinos también nos comparte algunos poemas de Portugal Blues, su último poemario que hace del viaje y la saudade un canto común.
Entre estas aguas están los textos de aquellos que postularon sus crónicas, ensayos y poesías de todo tono y color, dialogando con el mar, las canciones de Soda Stereo, la tradición de las décimas chilenas, el diccionario y hasta la visión del canal Beagle, del cual Felipe Sasso nos da un pequeño retrato y nos recuerda su nombre yagán: Onašaga. Nombrar las cosas por su nombre y que el mapa blanco de las hojas recobre la historia menos contada. Eso es lo que también hace, desde otra vereda, el experimentado narrador magallánico Pavel Oyarzún, quien tuvo la cortesía de compartirnos las primeras páginas de su última novela, Vasallo, en la que un hombre emprende una travesía casi imposible desde el Estrecho de Magallanes hasta Villa de San Pablo de Piratininga, en la costa suroriental del Brasil hacia finales del siglo XVI.
Como añadido de última hora y para celebrar el premio Nobel otorgado a la poeta, ensayista, traductora y profesora de griego antiguo, la canadiense Anne Carson, compartimos una traducción de un ensayo que va sobre eclipses, Virginia Woolf y los terceros ángulos del deseo y la imaginación.
Para finalizar pueden zambullirse en nuestros Imaginarios, cuyo contenido es alto en delirio, sentido del humor y gimnasia metafórica. Bienvenidos al juego, las semillas que ha traído el viento antártico y han soñado bajo la nieve, se abren con el deshielo. La alquimia verbal de nuestro Crisol está en sus manos.
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