En la torre del capitán: entretelones de la batalla de gallos entre T.S Elliot y Ezra Pound
- Revista Crisol

- 2 dic 2025
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Actualizado: 20 may
Después de presenciar la última función de Albert Einstein tocando el violín eléctrico en el auditorio estelar del Jardín de los presentes, il miglior fabbro, Ezra Pound y su jóven aprendiz, recolector de susurros urbanos y ruinas metafóricas, T.S Elliot, partieron a tomar unos shops a la Torre del Capitán Ahab, bar porteño reconocido por ser el punto de encuentro de marineros extravagantes, sirenas jubiladas, vagabundos y poetas errantes. Los parroquianos presentes en la barra los escucharon debatir largamente sobre sestinas, Caravaggio y las musas que inspiraron a Dante y Horacio, además de intercambiar opiniones sobre otros poetas menores y showmans de la política anacrónica como el infame Heliogábalo y su descendiente directo Donald Trump.

Tras cambiar las dosis de cerveza por un par de whiskies a las rocas los decibeles conjugados por las cuerdas vocales de ambos poetas aumentaron y comenzaron a vibrar con ciertas disonancias al discutir sobre el fascismo y el compromiso social en la historia de la literatura. Al escuchar arreciar la discordia el capitán Ahab hizo acto de presencia con su pata de mandíbula de cachalote repiqueteando contra el suelo de madera para llamar la atención de ambos caballeros de la Orden de los esclavos de las musas. Luego de recriminarles que nunca se enfrentaron a la ballena blanca ni hicieron acto de presencia en ninguna de las guerras mundiales, los invitó a escuchar el canto de las sirenas congregadas en el escenario “para que experimenten el verdadero poder seductor de las melodías que tuvo que soportar Ulises”. “Solo los valientes las logran escuchar sin caer rendidos directo a la profundidad azul, pero en este bar es el único lugar donde cantan sin cumplir la parte mortal del trato, gracias a un acuerdo secreto que tenemos con ellas, mujeres apasionadas como ninguna que entienden mi enemistad con Moby Dick”.

Mientras dura el canto de las sirenas Elliot y Pound escuchan absortos en un estado de trance que los hace soñar despiertos con los viajes por el mar que nunca hicieron. Apenas acaba el acto ambos se lanzan un mutuo desafío: el de tratar de traducir en forma poética lo que habían presenciado, el que compusiera el mejor poema le pagaría al otro lo consumido durante la noche. Tras unos minutos de empecinarse sobres sus respectivos papeles, con el suspenso y la expectación de los parroquianos aumentando a cada momento se dispusieron a leer sus obras.
Ezra partió primero por la cortesía de Elliot, leyendo una sestina, aparentemente de bajo perfil, pero con una endiablada capacidad de síntesis que le otorgó una potencia apoteósica gracias al verso final que invocó a los “duchos oídos del ingenioso Odiseo abiertos por la única música mortal”. Luego el bueno de Elliot leyó su larga parrafada de aforismos encabalgados por una melodía que parecía rota pero relumbraba como el cauce de un río al mediodía. Entre las frases que alcanzó a pergeñar calzó versos del mismísimo Homero y parafraseo a Conrad, Arturo Prat y Safo. El aplauso fue unánime, como la incomprensión y el espasmo indeciso en los semblantes de los oyentes ante el veredicto final.
Nadie sabía quién había resultado vencedor. Tanto Elliot como Ezra confiaban en sus respectivas obras, aunque callaban el asombro mutuo que les provocó la proeza del otro. Entonados ambos casi llegaron hasta las manos, hasta que el capitán Ahab llegó parapetado por una de las sirenas y el violinista eléctrico Albert Einstein, que parecía salido de un cuento de Robin Hood con su traje desabotonado y su rebelde peinado. El señor Einstein les dijo que no se calienten la cabeza, que ninguno había alcanzado las cotas poéticas de las sirenas, y que, a fin de cuentas “todo es relativo amigos, el tiempo como el arte y la poesía, claro que la estupidez humana, como decía mi amigo Flaubert, es infinita, y lo único que hacen discutiendo así es sumarse a esa infinitud”.

Mientras Calíope se reía de fondo ambos poetas partieron a sus respectivas noches de vagabundeo meditabundo y Einstein se sentó en la barra a conversar animadamente con la sirena escuchándolo totalmente embelesada mientras él rememoraba sus incontables tocatas con el violín eléctrico y los viajes en tren que cambiaron el rumbo del mundo.



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