Totalidad: el color del eclipse, de Anne Carson

Podrías pensar que un eclipse total no tendría color. La palabra “eclipse” proviene del griego antiguo ekleipsis, “un olvido, renuncia, abandono.” El sol renuncia de nosotros, somos olvidados por la luz. Y, sin embargo, las personas que experimentan eclipses totales se sienten conmovidas por descripciones tan potentes de su vacancia y vacío que esto mismo empieza a tomar color. ¿Qué es después de todo un color? Algo que no es un no color. ¿Puedes concebir un doble negativo de luz? ¿Sería eso como despertar de un sueño en la dirección errónea y hallarte a ti mismo en la parte trasera de tu mente? Hay un momento de reversión dentro de la totalidad. “Invierte la naturaleza,” murmura Emily Dickinson. Mientras la sombra de la luna pasa sobre ti ―como una ráfaga de tristeza, un tornado, una bala de cañón, un dios corriendo, la escora de un barco, una dosis de anestesia subiendo por tu brazo (estas comparaciones abundan en la literatura)― tu verás, a través de tu espectroscopio o trozo de vidrio ahumado, algunas de las líneas espectrales adelgazar, luego un flash y las líneas se revierten―hacia un espectro diferente con algunas líneas removidas y otras iluminadas. Ahora estás dentro de la sombra de la luna, que tiene cien millas de ancho y viaja a dos mil millas por hora. La sensación es estupenda. Pareciera desafiar a todo lo que has experimentado sobre la luz y el color hasta ese momento. Virginia Woolf, en su ensayo “El sol y el pez” (que registra eventos celestiales del 29 de junio, 1930, en Bardon Fell sobre Richmond), lee el desafío como una carrera:
El sol debía correr a través de las nubes para alcanzar la meta, que era una delgada
transparencia hacia la derecha, antes de que acabaran los segundos sagrados.
La carrera acaba en derrota y muestra los colores de la derrota:
Y mientras los segundos fatales pasaban, y nos dábamos cuenta que el sol estaba siendo derrotado, había, de hecho, perdido la carrera, todos los colores comenzaron a irse del páramo. El azul se volvió púrpura; el blanco se hizo lívido como ante la aproximación de una tormenta violenta, pero sin viento. Las caras rosáceas se volvieron verdes, y se hizo más frío que nunca. Esta fue la derrota del sol.
Difícil saber cómo continuar, tras la inversión del color y la derrota del sol. “Este fue el fin,” dice ella, “la carne y la sangre del mundo estaban muertas.” Otros observadores de eclipses mencionan en este instante un sentimiento de maldad. Emily Dickinson, en breve: “El reloj de Jehovah: ¡se equivoca!” Annie Dillard, con más detalle:
El sol partía y el mundo estaba errado. Los pastizales errados; estaban platinados… Este color nunca se ha visto en la tierra… Estaba parada en este, por algún error.
El error tiene su propio color y no se parece a nada más. Ni siquiera a otro eclipse, de acuerdo a Annie Dillard:
Había visto un eclipse parcial en 1970. Un eclipse parcial es muy interesante. No muestra casi ninguna relación a un eclipse total. Ver un eclipse parcial conlleva la misma relación a ver un eclipse total a la que besar un hombre conlleva a desposarlo.
Atentos a la analogía. Las analogías drásticas abundan en la literatura de la totalidad; es también típico en este momento maldito, volvernos a pensamientos de besos y matrimonios. Muchas explicaciones mitológicas de eclipses involucran la copulación o la esperanza de ella. Por ejemplo, una vieja leyenda germana cuenta cómo la luna (masculina) estaba casada al sol (femenino) pero no podía satisfacer su fogosa pasión, él solo quería ir a dormir. Hicieron una apuesta: quien despertara primero en la mañana gobernaría el día. El sol, todavía turbulento a las 4 AM, ganó la apuesta, pero juró que no se iría a dormir con la luna de nuevo. Pronto ambos se arrepintieron de su separación y comenzaron a aproximarse el uno al otro (=eclipse). Tan pronto como se encuentran, comienzan a pelear y toman caminos separados, el sol rojo sangre de ira. A los historiadores también les gusta asociar la totalidad al matrimonio, como en el famoso testimonio de Heródoto sobre el eclipse del 585 AC, que tuvo lugar en medio de la batalla entre los lidios y los medos. Ambos ejércitos quedaron tan remecidos por la situación solar, que culminaron la batalla y sellaron una tregua arreglando nupcias entre la hija de un rey y el hijo del otro. Los poetas también ven una conexión entre los eclipses totales y los arreglos conyugales. El antiguo poeta lírico Arquíloco menciona la totalidad en un poema del séptimo siglo AC en el que un padre desaprueba los planes matrimoniales de su hija:
Nada en el mundo [dice el padre] es sorprendente,
increíble o abjurable desde
que Zeus hizo noche del mediodía
y ocultó la resplandeciente luz del sol…

Tras esto el poema se vuelve fragmentario, pero el padre parece estar usando el eclipse como una analogía para la increíble elección de esposo por parte de su hija. Cuando el poeta Píndaro observó un eclipse total en Tebas (probablemente en el 478 o 463 AC) lo usó en su noveno pean. La descripción de Píndaro de “una estrella brillante robada del mediodía” está extraña pero dramáticamente engarzada con la alabanza romántica de una ninfa tebana llamada Melia, que “yacía unida al dios Apolo en su lecho ambrosíaco.” Pero por lejos la más extraña pareja en la literatura de los eclipses es la compuesta por Virginia Woolf en “El sol y el pez.” Este ensayo está, de hecho, enmarañado (en muchos sentidos) con el sexo. Un poco de especulación cognitiva da el punto de partida:
Porque una visión solo sobrevivirá en el extraño estanque donde depositamos nuestras memorias si tiene la buena fortuna de aliarse con otra emoción a través de la cual se preserva. Las visiones se cansan incongruentemente, morganicamente (como la Reina y el Camello), y así se mantienen vivas la una a la otra… Las visiones se desvanecen, mueren y desaparecen porque fallan en su búsqueda de una pareja adecuada.
Luego sigue una intensa descripción de un eclipse total, que se desvía de una vez, tras la totalidad, hacia una instantánea de dos lagartos copulando en la senda del jardín zoológico:
Un lagarto yace montado inmóvil sobre la espalda del otro, con solo el destello de un párpado dorado o la succión de un flanco verde para demostrar que son de carne viva, y no de bronce. Toda pasión humana parece furtiva y febril ante este éxtasis quieto.
Pero ella no está conforme con el éxtasis de los lagartos. El momento inmortal se casa inmediatamente con una tercera imagen: aquella de los peces nadando en los tanques del acuario de Londres. Los peces no son explicados; he preguntado a varios expertos en Virginia Woolf sobre esto y nadie parece saber por qué añade los peces a los lagartos. ¿Las imágenes mentales del eclipse y los lagartos no habrán hecho su punto y “se mantuvieron vivas la una a la otra” (como dice ella hacen las ideas incongruentes, en el extraño estanque de nuestra mente)? Y, sin embargo, ella complica deliberadamente esta nítida unión con un tercer ángulo de vista. Me pregunto si los terceros ángulos estaban en su mente ese día, mientras paseaba por Bardon Fell en la compañía de su esposo, Leonard, y de su amante Vita Sackville-West. Juzgando a partir de las anotaciones en su diario (30 de junio), ella miraba a Vita todo el día, miraba a Vita con su esposo, Harold Nicolson (a quien Virginia en otra parte de su diario describe como “un espontáneo hombre-niño… tiene una mente que rebota cuando él la deja caer”), mirando cómo iba el matrimonio con Vita:
En nuestro carruaje estaban Vita & Harold, Quentin, Leonard y yo. Ese es Hatfield, dije. Yo fumaba un cigarro… había una estrella, sobre el parque Alexandra. Mira Vita, ese es el parque Alexandra, dijo Harold. Los Nicolson se adormecieron; Harold se dobló con su cabeza en la rodilla de Vita. Ella se veía como la Safo de Leighton, dormida; así nos hundimos en la región central, y nos quedamos por una larga estadía en York. Luego a las 3 sacamos los sándwiches, y yo vine del baño para hallar a Harold siendo limpiado de crema… Luego tuvimos otra dosis, o los N.’s tuvieron…
Era 1930. El matrimonio iba bien con la Sáfica Vita, el matrimonio iba bien con la virginal Virginia. Aparte de eso, gozaban su affaire, con ganas de pasar juntas el fin de semana posterior al eclipse en Long Barn (la finca ancestral de Vita). Aun así, la totalidad es un fenómeno que puede dar vuelta las proporciones de uno de adentro para afuera. Me pregunto si se detuvieron para mirarse la una a la otra, estas emparejadas y disparejas personas, en el plano expuesto de un momento ordinario de ese curioso, pesado, histórico, equivocado día. Repentino sentimiento de vejez. Viento negro tierra arriba. Traigan un abrigo les han dicho, y una pieza de vidrio ahumado. Se pondrá helado. Te dañará los ojos. La totalidad no tiene luz, y debería ser incolora, aun así, podría intensificar ciertas preguntas que cuelgan en la parte trasera de la mente. ¿Qué es una esposa después de todo? ¿Podrá esta estadía, podrá ésta mantenerme viva?




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