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El extranjero: Mersault, ¿un hombre reconciliado?

  • Foto del escritor: Isabel Margarita Peña
    Isabel Margarita Peña
  • 20 jun
  • 11 min de lectura

Por Isabel Peña Norambuena



Autor: Albert Camus

Fecha de publicación‎: ‎19 de mayo de 1942

Editorial‎: ‎Éditions Gallimard. Francia.



“El pensamiento de un hombre es, ante todo, su nostalgia”.

El mito de Sísifo, A. Camus.



En francés el nombre del libro se escribe así: L’Étranger, por lo que la traducción bien podría ser “El extraño” en vez de “El extranjero”. Se trata de un micro debate conocido sobre esta obra del filósofo y novelista argelino-francés, en el que no había siquiera reparado. Sentirse extranjero en el propio cuerpo, en el país natal o en el mundo en general (aunque en ese caso sería sentirse extraterrestre) no me parece lejano, sí fácil de comprender siempre que el texto se dedica a mostrar a rajatabla las diferencias entre los códigos socio emocionales y conductuales de los personajes y Mersault. El extrañamiento de la propia vida ha sido tema abordado por diferentes disciplinas y artes a lo largo del siglo XX, Mersault podría ser apreciado así como un rarito casi simpático, el raro que así por encima te cae bien, alguien a quien percibimos honesto, a la vez que notamos que nunca está realmente ahí, en su entereza, con uno. ¿Cuántas veces en la vida hemos interactuado con alguien así? El amigo más callado, el que siempre apañaba sin decir nada, ¿podría ser un Mersault? Los adolescentes que conocí, cuando yo era una, nunca dijeron nada y con muchos estuve en varios funerales; si bien es probable que cualquiera de ellos haya tenido un mundo emocional oculto, siempre había alguno que parecía sereno en esos momentos en que tocaba lidiar de cerca con la muerte. Ese personaje, cuya versión más estricta e histórica sería Mersault, no es tan popular en la escena artístico-cultural moderna como aquel tipo extraño que es alienado por su entorno y por sí mismo, pero sí puede ser visto hoy –y desde hace mucho– en películas, letras de canciones, pinturas, obras de teatro y en otros libros.  


Algo así fue lo primero que pensé después de terminar de leer El extranjero de Albert Camus, sin la conjetura acerca de la traducción ya que el nombre me pareció evidente, siguiendo la lógica del personaje a sabiendas extraño. En el debate interno acerca de cómo abordar la tarea de desmenuzar lo que se ha leído, y escribir al respecto, elegí este punto de partida: el más directo, la primera impresión que me dejó el libro. Esta impresión es, a su vez que primigenia, la más soberbia, y se forma única y automáticamente con el acervo de conocimiento personal y los contextos propios. Así, luego de decirme a mí misma y a quien lea esto, cuál fue mi impresión “a simple vista” de esta novela, mi intención es avanzar en estos párrafos es dar un salto desde esa imagen inicial de la obra, al análisis considerando el contexto real de la misma y del autor; y el trabajo intelectual que se ha desarrollado, a través de los años, sobre esta famosa publicación. Enfocaré mi reflexión en Mersault. Para tratar de incursionar en la filosofía que dio origen a esta confección  narrativa.


En lo práctico, lo primero que hice fue mirar todos los videos que encontré en YouTube sobre Camus y El extranjero –me pareció que releer tan pronto el libro era un despropósito–; lo que logré con esta herramienta audiovisual online (y tramposa, si se quiere) fue situarme en el tiempo del objeto de estudio desde distintos ángulos. Esto me llevó a la lectura de ciertos artículos y entrevistas y no a leer cualquier cosa que encontrara en internet. Había reseñas netamente literarias, críticas religiosas planteadas como literarias, academicistas, entre otras. Algunas de las “explicaciones” que escuché son, más o menos, frases de este estilo: ‘se trata de un libro existencialista’, ‘es acerca del Absurdismo’; ‘Mersault es la personificación del Absurdo’, ‘¡qué soledad más grande es retratada en el personaje principal, qué vacío más grande, un libro que parte diciendo que a alguien no le importa la muerte de su madre’; ‘una novela cuyo protagonista es un hombre desencantado de la vida’, o, por el contrario, ‘estamos ante un personaje que está demasiado consciente’. Todas estas afirmaciones me dieron pistas de cómo ha sido entendido el libro, de cómo ha sido leído. 


En ese recorrido, quisiera destacar al filólogo, escritor y diplomático español, José María Ridao, quien se ha dedicado a estudiar específicamente la filosofía de la existencia propuesta por Camus, a través de toda su obra. Y enfocar, entonces, todo el desarrollo de mi análisis de El extranjero amparada y en concordancia con lo que postula Ridao. 

No es que Mersault no sienta pena por su madre, es que ya hace mucho ha asumido que tanto ella como él deben morir, y la muerte en sí de su progenitora –es decir, la muerte con fecha–, el día que ocurre, no es más que la materialización de esa certeza. Una afirmación en este sentido fue lo primero que escuché de Ridao, durante su ponencia en el marco del Ciclo Grandes novelas del siglo XX organizado por el Círculo de Economía 2015, (España). 


 José María Ridao,  afirma que es un error decir que El extranjero es un libro existencialista, que Mersault es el Absurdo. “Hay que imaginar a Mersault feliz”, dice –tal como el mismo personaje se ha dicho que ha sido, en sus horas previas a la ejecución; las últimas líneas de la novela–, tal como explicita Camus al final del capítulo El mito de Sísifo, del ensayo homónimo que también fue publicado en 1942. Ridao postula que la publicación simultánea no es casualidad, muy por el contrario, El mito de Sísifo sería fundamental para comprender El extranjero; algo así como una tarjeta de coordenadas de un banco. Considerando esta teoría del libro-código, imaginando a Sísifo feliz, imaginando a Mersault feliz, las interrogantes sobre El extranjero cambian. ¿Por qué no llora la muerte de su madre?, ¿la quería?, ¿tiene culpa de haber matado al árabe?, son las primeras preguntas que surgen, sin embargo, El mito… sugiere que primero es preciso conocer de qué va el hombre absurdo. Y el hombre absurdo, dice Camus, es aquel que se pregunta por el sentido de la vida, quien confronta el mundo que habita y a cambio recibe el silencio de la Tierra. Lo absurdo, la contradicción intrínseca de la existencia del hombre. En El mito…, el autor nos dice también, que luego de que se es consciente de lo fútil, el hombre absurdo se sitúa en su tiempo, sabe que todo esfuerzo es inútil y su única esperanza es la confrontación permanente, la Rebelión. Se agudizan y cuelan las apreciaciones de su entorno, se enaltecen los valores de la naturaleza y las sensaciones que florecen en su interacción con ésta; se concluye por aceptar que el fin del hombre, es el hombre en sí mismo. Y eso es absurdo, puesto que indiferentemente de lo que haga con su vida, morirá. Surge ahí una calma clarividente. “Es saber que se está minado”, por tanto  “no hay mañana”. “La única libertad que conozco –entonces- es la libertad de espíritu y acción”, explica Camus. 

Pero Mersault no parece estar confrontando al mundo, en vez de eso se le nota sereno dentro de las situaciones en las que se permite estar envuelto. Con una indiferencia consciente y semi cordial. Sus personajes amigos no lo abandonan, lo creen honesto. Y es porque lo es. Se exagera, quizás, en la narración, la displicencia de este protagonista que a la vez trata de indicar que en el fondo está  en concordancia consigo mismo, el estado posterior al cuestionamiento  (“el divorcio”), cuando el hombre retorna al mundo insensato pero ahora consciente y reconciliado con su destino. “El hombre volverá a encontrar en él  (el mundo insensato), el vino de lo absurdo y el pan de la indiferencia”. 



“En un mundo donde todo está dado y nada es explicado, la fecundidad de un valor o de una metafísica es una noción carente de sentido”. El hombre acepta su existencia absurda, la asume, y, por tanto, ha dejado ya de ser parte del absurdo. El pensamiento existencial, entonces, está lleno de esperanza. Los personajes de Kafka -Camus reflexiona sobre ellos casi al final de El mito de Sísifo- encuentran la esperanza en su contradicción, privados de toda dicha a la que se pueda entregar un hombre en este mundo terrenal, éstos continúan sus rutinas y  aquellos relatos obstinados serían prueba de esta certeza de esperanza. El hombre ama aquello que lo aplasta. “El esfuerzo mismo de levantar la piedra basta para llenar un corazón de hombre (un solo recuerdo le bastaría a un hombre para pasar toda una vida confinado, concluye Mersault desde su celda). Hay que imaginar a Sísifo dichoso”, confiesa Camus. Esa dicha, ese disfrute a sabiendas de lo insensato del destino, es a la vez una forma de confrontarlo.


El ensayo  nominado al igual que el mito griego nos cuenta, además, que “la obra trágica podría ser aquella que una vez desterrada toda esperanza futura, descubriera la vida de un hombre dichoso. Cuánto más exaltante es la vida, tanto más absurda es la idea de perderla”.  Mersault no nos cuenta una vida excitante, sino una vida cotidiana en la que se acepta todo lo que le acontece, apegado a lo concreto se ciñe a los placeres de la carne con un enorme valor en las sensaciones, reconoce las pequeñas verdades que habitan en el olor de una mujer, en el acto de nadar. Camus dice que la vida de un hombre no vale ni más ni menos que las cosas que ha hecho durante esa vida. Una vida exaltante depende nada más de aquel hombre que detenta ese tipo de vida. No es que Mersault sea un hombre cualquiera, sino que cualquiera podría ser Mersault. Y los escenarios en donde se desarrolla la vida simple y seca que narra el personaje principal tienen que ver en parte con la personalidad que eligió Camus para éste, pero más que nada con las propias vivencias que le sirvieron de material para edificar estéticamente la filosofía intrínseca de la obra. Es el nutrido ropaje literario, que según Ridao es superior al que el autor confecciona para La Peste. 



Lo que más se dice de Mersault es que se trata de un desencantado de la vida. Así, al voleo, el adjetivo más repetitivo es “desencantado”, como si el estado de encantamiento fuese requisito o un elemento constitutivo de la forma en que se espera que se viva la vida. ¿Qué tiene que ver el encantamiento con la felicidad, con la apreciación que se pueda tener de la vida? Nuestro personaje en cuestión no está desencantado, está consciente de los momentos de su vida en que ha sido feliz. Habita –como opción lúcida, me atrevería a decir– en el absolutismo de la carne. “La carne es mi única certeza, la criatura es mi patria”.


“Lo contrario al suicida es el condenado a muerte”, y aunque se puede leer como una perogrullada no es menos cierto. El ensayo de Camus, que alberga también la cita que precede a estas palabras, supone el tratamiento del tema del suicidio, sin embargo pareciera que a medida que se lee el autor nos va entregando cada vez más herramientas para decodificar El extranjero, y consigue con ello explicar de forma descarnada su filosofía de la existencia. Sísifo es condenado a subir la enorme roca por la montaña, cada vez que esta cae inevitablemente por su propio peso. Sísifo logra encontrar la dicha en esta rutina absurda, la carga termina dándole sentido a su vida. La vida no es más que para vivirla, la felicidad -que solo puede existir en esta misma vida que a la vez se vive y cuestiona- es inevitable, pareciera decirnos el texto. Mersault, por su parte, se sitúa desconcertantemente en la posibilidad de concretar su propia muerte, al arrebatar deliberadamente otra vida. ¿Es, entonces, suicida o condenado? ¿Quiso matar al árabe o a los rayos del sol? ¿Su cuerpo respondió al crispamiento que le provocó el fulgor  solar y no le importó que muriera el hombre? ¿Estamos acaso ante la victoria de la carne? El primer disparo puede tener que ver con esto, claramente.


El condenado a muerte, explica Camus, acepta su destino (condena) pero no con culpa sino con responsabilidad, sabe lo que ocurrirá y no se resiste. Quedan en el aire, ahora, los cuatro balazos con que Mersault remata al árabe; en el juicio estos son fieramente cuestionados y al mismo personaje le surge la duda: por qué les importa tanto al abogado, juez y testigos que haya disparado cuatro veces después del primero y fatal apriete de gatillo. ¿Obedecerá aquel acto consecutivo al sentimiento pleno de la libertad de espíritu y acción; el ejercicio encarnatorio de ese “saberse minado”? ¿Es equivalente a la sensación de libertad que experimenta Sísifo en la cima de la montaña, cuando por unos instantes puede apreciar la vista antes de comenzar todo de nuevo? El libro no responde, Mersault no dice por qué hizo lo que hizo, dice que no sabe. Reconoce la victoria de la carne. No se puede ser lógico hasta el final, reconoce Camus.


Por otro lado, Ridao se pregunta: ¿es culpable quien habita en la indiferencia? No hay que olvidar que esa indiferencia es, a la vez, consciente. Entonces, la culpa, la falta de ella y el número de balazos pierden importancia en el debate, aunque sean elementos reprochables. Al protagonista solo le importa lo concreto y lo concreto es la posibilidad de morir, el proceso judicial se torna así un suplicio físico. Lo único que le interesa escuchar es si está condenado a muerte o no, una vez que lo confirma se remite a sobrellevar esta fortuna. ¿Por qué cuesta tanto imaginar un hombre así de consciente? ¿Por qué desconcierta tanto, a quienes lo están enjuiciando y a quienes observan el juicio, la honestidad de Mersault? Cuando alguien se plantea así frente a la vida, plenamente consciente de que se es mortal, generalmente es tachado de terrenal y materialista en un sentido reductor y peyorativo. ¿Existe acaso algún hombre no terrenal? Que acaso no es la materialidad a través de la cual los humanos erigimos nuestra vida particular y social, la herramienta que se encarga, finalmente, de decirnos cómo hemos vivido nuestras vidas.


Mersault actúa como si esa clarividencia, producto de saber que se está minado, lo hubiese convertido hace ya años en un hombre llano.  El texto no repara detalladamente en su pasado, sin embargo entre su indiferencia se insiste en la actitud de un tipo reconciliado consigo mismo. Quizás sin amor ni apego, pero definitivamente consciente de la posibilidad de amar y ser amado. Quizás María representa el inicio del acto de amar, alguien a quien habría sido posible amar si se lo permitiese, no por los atributos mismos de aquella mujer sino por la posibilidad de encarnar el amor. Y es por ello que la recuerda con lúcido valor, una vez que ya está confinado. Elige personificar en ella a “las mujeres” que su cuerpo joven ineludiblemente extraña. Consciente de que podría haber sido otra. La carne retoma su protagonismo, Mersault prefiere decirse a sí mismo la verdad; que lo real en su vida es y fue María –aunque no la haya amado–, y que ya no puede, simplemente, tocarla, abrazarla, olerla…y esto no lo desquicia sino que lo ilumina, consigue disfrutar del recuerdo. 


No creo que Mersault se esclarezca del todo siguiendo el sendero de análisis que propone Ridao (ni ningún otro), no sabemos realmente si este protagonista es enteramente un tipo de hombre;  absurdo, rebelde o reconciliado, a pesar de que éste último es el que –creo– más lo define. Tal vez ha sido todos esos hombres. Parece injusto culminar una reflexión definiendo con espátula todos los límites de un personaje (o de un hombre). La complejidad humana también podría estar representada, así, por el ropaje literario –de enorme e indiscutible valor– y Mersault, bien podría ser la raíz ejemplificadora de la filosofía de la existencia de Camus.


Sí considero interesantísima esta idea del libro dual: nace al mismo tiempo código y decodificador, como nos propone el filólogo español (El extranjero/El mito de Sísifo). Y aunque el ejercicio práctico es, en efecto, descifrador, también llena la mente de nuevas interrogantes. Y eso lo entiendo como una forma de llevar la contradicción de la vida (existencia) a todos los planos, lo veo como ese intento del autor de agotar todos los recursos que le puede ofrecer la materialidad del libro, para dejar claro un punto. Solo se puede reconocer que existe la vida, porque existe la muerte. 




JOSÉ MARÍA RIDAO 



José María Ridao, nacido en Madrid en 1961, es licenciado en Filología Árabe y en Derecho. En 1987 ingresó en la Carrera Diplomática habiendo ejercido desde entonces su labor profesional en Angola, Rusia, Guinea Ecuatorial y Francia. Es autor de la novela Agosto en el Paraíso (1998) y del libro de relatos Excusas para el doctor Huarte (1999). Ha recogido sus artículos periodísticos en el volumen La desilusión permanente (2000). Actualmente reside en Madrid.


 
 
 

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