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Todo lo que nace tiene que morir

  • Aaron Szewkis
  • 1 feb
  • 3 min de lectura

Una reflexión entre la literatura, la experiencia y los fogonazos confesionales de un paciente al borde de la muerte, cortesía del doctor Aaron Szewkis.


Después de ver el cadáver de Ivan Ilich, su amigo, Piotr Ivanocich, tiene un

momento de dramática lucidez.* Ivanovich se da cuenta de que él también va a

morir. Pero rápidamente comprende que eso —la muerte— no le sucedió a él, sino

a Ivan Ilich, y que pensar en ella sería dar cabida a la depresión. 

La mayoría de las personas nos parecemos en eso a Ivanovich: negamos nuestro

inexorable destino embriagados de vida y la toleramos, aunque no nos guste el

estado de borrachera. Estamos tan obnubilados por la vida, que aun enfermos,

con diagnósticos que nos perfilan el final, somos capaces de cualquier cosa con

tal de respirar un par de días más.

Las reacciones de los pacientes ante la muerte y el duelo están bien estudiadas.

Kübler-Ross propuso un ciclo de cinco pasos del duelo que se inician con la

negación: “esto no me puede estar pasando a mí”, y terminan con la aceptación.

También sugirió que no siempre se cumplen todos los pasos ni se respetan los

órdenes establecidos. Es decir, hay personas que no pasan por la negación, no se

enfadan con la noticia, no se deprimen. Reaccionan de cierta forma que pareciera

no ser humana.


Esos pacientes habitan el mundo de una forma distinta. Como si fueran más

animales que el resto de las personas. Al igual que un caracol o una bandurria,

abrazan el destino que la naturaleza les tenía preparado y cuando van a morir,

cuando se enteran de que les llegó su momento, aunque no sea el mejor

momento, se dan por enterados de que la vida puede, y debe, acabar. 

Verlos ahí tendidos en sus camas, justo después de entregarles un diagnóstico

lapidario, me genera una emoción dispar. Por una parte, pienso que sus vidas

deben ser extremadamente simples, sencillas, monótonas y, por ende, poco

interesantes —por no decir irrelevantes—. Y luego, pienso en la irrelevancia de mi

vida y el fuerte sentido de apego que tengo hacia ella, a pesar de mi existencia

anónima y rutinaria en un pueblo del sur de Chile. Por eso, al salir de la sala,

después de haber entregado la fatídica noticia y recibir un comentario del tipo: “no

se preocupe doctor, así es la vida” o “será no más pues, a todos nos va a llegar el

día”, siento más envidia que pena, pues cuánto me gustaría a mí aceptar las

reglas del juego como ellos lo hacen.


“La excepción confirma la regla” versa el dicho popular. Por lo mismo, Ivanovich

cree —y nosotros también— que seremos esa excepción a la regla, aunque nadie

la haya podido confirmar; el único que lo logró fue llamado Dios. De ahí que exista

un cierto anhelo —inconsciente, tal vez— por ser Dioses y obtener un poco de

inmortalidad. De ahí las cirugías estéticas, las cremas antienvejecimiento, los

seguros de salud, los seguros de vida. El pavor del final nos domina.


Pero a estos enfermos no. Ellos se saben mortales y están tranquilos con eso.

Viven apegados a la tierra, se levantan temprano por la mañana y se acuestan con

el sol por la noche. No ambicionan más que un buen plato de comida y suelen

tener una familia que los quiere. Sonríen con el saludo diario que les ofrezco y

ocupan la cama del hospital con entereza. Reciben mis palabras atentos, sin

muecas de dolor ni de alegría y tienen esa rara cualidad de ver el vaso medio lleno

en todo el asunto. 


Hace unas semanas atendí a José. Tenía cincuenta y nueve años y le

diagnostiqué un cáncer gástrico avanzado. Pensé, antes de decirle, que se podría

haber evitado su enfermedad si se hubiese realizado una endoscopía uno o dos

años antes. Quizás la salud pública en nuestro país no es lo suficientemente

robusta como para alcanzar a toda la población. Quizás él no sabía que bajar

veinte kilos en dos meses era una señal de alarma, o que las deposiciones negras

son señales de sangrado. Pensé en su familia, su esposa que estaba al lado suyo,

sus hijos en el campo, sus padres. Pensé en mis hijos y en mi esposa y entré en la

sala. José me miró tranquilo. Dígame la verdad no más, fue lo primero que dijo. Y

al cabo de unas frases terminé diciéndole: Tiene usted un cáncer en el estómago y

está ramificado. Él hizo un gesto afirmativo con su cabeza, miró a su esposa que

se tapaba la cara con ambas manos y me dijo: Así es la cosa doctor pues, todo lo

que nace tiene que morir.


* Del libro “La muerte de Ivan Ilich” de León Tolstoi


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