Entrevista a Miguel Bórquez: La extrañeza como punto de partida
- Revista Crisol

- 14 abr
- 10 min de lectura
Para encender la mecha en este espacio dedicado a las entrevistas de revista Crisol, conversamos con el poeta natalino Miguel Eduardo Bórquez (1985). Autor de los libros de poesía Trapalanda (2013) y Chilean Stardust (2021), el también licenciado en Educación y profesor de Lenguaje y Comunicación reafirmó su camino literario en 2023 con la publicación simultánea de las obras Ensayos sobre un paisaje en retirada y Últimas visiones del Chernobyl americano. Mediante una conversación a través de videollamada, durante una tarde de febrero, el poeta nos compartió su historia pasando por las vertientes que han nutrido su obra, la complejidad de publicar desde provincia y los grandes temas atraviesan su creación poética: la violencia, la extrañeza, la vorágine.
17 de febrero de 2026
¿Qué está leyendo Miguel Bórquez, en este verano austral de 2026?
Buena pregunta. He estado leyendo harto. Lo último ha sido Alejandro Zambra; me he puesto al día con varios de sus libros. Últimamente estoy leyendo más narrativa que poesía. Históricamente he sido un lector muy ávido de poesía, sobre todo chilena, pero este último año he cambiado un poco.
Ahora estoy de vacaciones —trabajo como profesor—, así que enero y febrero son los meses en que puedo leer más libremente. He estado con Zambra y retomando también a Bolaño. Releí Los detectives salvajes, que me volvió a volar la cabeza. También La pista de hielo. Y conseguí algunos libros que no tenía, como El espíritu de la ciencia ficción.
De Zambra releí Formas de volver a casa, Poeta chileno y Facsímil. Han sido mis lecturas de cabecera.
Bien chileno el panorama.
Sí, completamente. Estoy tratando de ponerme al día. También leí la semana pasada Tony Ninguno [novela de Andrés Montero], una novela chilena cuyo autor ahora se me escapa, pero que me pareció tremenda. La leí de un tirón.
Miguel, tú naciste en Puerto Natales, una pequeña comuna de la Patagonia chilena, y luego te trasladaste a Punta Arenas para estudiar pedagogía en Castellano en la Universidad de Magallanes, que tiene un enfoque en literatura regional. ¿Qué te gustaría compartir sobre tus orígenes y cómo han permeado tu desarrollo poético?
Sí, nací en Puerto Natales y he vivido toda mi vida en Magallanes. El único periodo fuera fue durante mis estudios en Punta Arenas. Así que soy, para bien y para mal, muy magallánico.
Ahora, la conexión entre eso y mi interés por la literatura no la tengo del todo clara. Es un interés que surge en la adolescencia. Sí recuerdo que desde muy niño tenía una vocación creativa: me interesaba mucho la pintura, luego el cómic. Participé en talleres en la universidad, había mucha actividad en torno a las artes visuales.
Yo me proyectaba más bien en esa área: dibujo, pintura, algo creativo. También me gustaban la música y el cine. Pero alrededor de los 14 o 15 años ocurrió algo distinto: hojeando un libro de lenguaje del liceo encontré algunos poemas que me llamaron profundamente la atención. Recuerdo textos de Huidobro, de Residencia en la tierra de Neruda, algo de Paul Éluard. Ahí hubo un clic. Empecé a interesarme por la poesía, incluso sin comprenderla del todo. Era una actividad muy personal, casi secreta.
La conexión entre literatura y territorio llegó mucho después, ya en la universidad. Antes de eso no me interesaban los autores magallánicos ni establecía relación entre escritura y territorio.

¿Qué tan cerca estuvo ese momento del inicio de tu propia escritura?
Muy cerca. Empecé a escribir en el liceo, casi al mismo tiempo que comencé a leer poesía. Por suerte, esos primeros poemas se perdieron: eran muy malos, imitaciones de Neruda. Tenía cuadernos llenos de textos al estilo de Crepusculario o Veinte poemas de amor. De hecho, el año pasado vi lo mismo en un estudiante: ese impulso de escribir desde la imitación. Seguí escribiendo durante la universidad, pero sin mucha pretensión. Era más bien una respuesta a lo que leía.
En 2007 salió de la universidad y junto a sus inicios como profesor se produce el acercamiento a la edición y publicación de su escritura, con la autogestión de las plaquettes Poesía soundtrack (2009) y Geografía del milagro (2011). Antesala de su primer libro Trapalanda, publicado en 2013.
Has mencionado que tus procesos son largos, y notamos que hay una distancia muy grande entre tus primeras publicaciones y las obras actuales, ¿podrías contarnos cómo se han gestado tus libros?
Sí, son procesos largos. Trapalanda especialmente. Fue un primer libro muy errático, de ensayo y error. Los primeros poemas son de 2008 o 2009, sin una idea clara. Luego aparece el concepto, como en un álbum conceptual. Descubro la idea de Trapalanda, la ciudad de los Césares, y empiezo a construir en torno a eso. Tengo muchos borradores muy distintos al libro final. Fueron cuatro o cinco años de trabajo.
Los libros posteriores también toman años, pero porque dejo reposar los textos. El entusiasmo inicial no siempre sobrevive. Uno relee y se pregunta: “¿de verdad pensé que esto era tan bueno?”.
Entonces el proceso de escritura puede ser rápido, pero la maduración, la edición, alarga todo.

Trapalanda es como una especie de contra-épica o mitopoética patagónica. ¿Qué lecturas te llevaron a ese territorio?
Hay dos libros fundamentales: la Antología de Spoon River y El cementerio más hermoso de Chile de Christian Formoso. También Puerto de Hambre. Y luego Égloga de los cántaros sucios de Barrientos. Esos textos desmontan los mitos del sur, la épica tradicional. Trapalanda dialoga con esa mirada. Sin ellos, no existiría.
En tus libros también hay un trabajo fuerte con la voz poética. ¿Cómo te relacionas con eso?
Es central. Siempre parto por construir un hablante lírico que sea un desafío. Todo es autobiográfico, de algún modo, pero prefiero distanciarme. Trabajo con voces, máscaras. En Trapalanda hay múltiples voces; en Chilean Stardust, una más definida. En Ensayos sobre un paisaje en retirada, busqué una voz casi objetiva, como una voz en off. Eso me obliga a salir de mi zona de confort.
¿Eso permite una empatía distinta?
Sí, totalmente. Pienso mis hablantes como narradores o cronistas. Me interesa que haya una nebulosa: no saber exactamente quién habla. Eso genera otra relación quien lee.
Miguel, para adentrarnos en el tema editorial. ¿Cómo ha sido publicar desde regiones?
Es muy complejo. Yo partí sin entender nada de ese mundo. Pensaba que uno publicaba y el libro llegaba solo a los lectores. Pero no: la distribución, la visibilidad, todo eso es otro trabajo. Mis primeras plaquettes circularon gracias a la ayuda de Niki Kuscevic -poeta puntarenense fallecido en 2019-. Él las movió en ferias y librerías. Después, con Trapalanda, ya había cierto nombre en el circuito local. Pero con autoediciones posteriores la circulación fue menor. Con editoriales pequeñas, el libro se mueve más: llega a Santiago, a ferias, a plataformas. Pero igual son tirajes reducidos. Es un proceso que se aprende a tropezones. Y puede ser desalentador.
En esa misma línea, continuando con todo lo que implica esta cadena que viene después de escribir un libro, sabemos que tienes un poemario sin publicar: Escoriales de Última Esperanza. ¿Podrías contarnos sobre ese proyecto y, en general, sobre cuántas ideas han quedado en el plano de lo inédito?
Sí, claro. Vivir en Natales hace que la complejidad de publicar sea aún más evidente. Y si uno piensa en lugares como Porvenir o Puerto Williams, más todavía. No se puede comparar con las grandes ciudades en términos de movimiento literario y editorial. Punta Arenas, al menos, es una ciudad donde pasan cosas. En Natales no tanto, en términos literarios. Entonces cuesta más visibilizar el trabajo y hacer que los libros circulen.
Sobre Escoriales de Última Esperanza, es un libro que está listo. Si hay interés editorial, podría publicarse. Fue un desafío porque, a diferencia de mis otros libros, no gira en torno a una historia. Es el primero donde reuní poemas que funcionan de manera independiente. Eso implicó escribir sin un eje narrativo, trabajar con textos diversos, con autonomía propia. Algunos poemas de ese proyecto terminaron en Ensayos sobre un paisaje en retirada, pero el libro como tal existe y está ahí, en espera de publicación o de una nueva revisión.
Respecto a otros proyectos, muchos los he desestimado. Pasa el tiempo, vuelvo a ellos y no resisten una revisión más exigente. Y en muchos casos está bien que sea así: no todo tiene valor.
¿Qué factores te llevan a la decisión de abandonar un proyecto?
Tiene que ver con lo escritural. Hay momentos en que siento que llego a un callejón sin salida, que el texto no alcanza lo que yo quisiera y no encuentro herramientas para resolverlo. Entonces concluyo que es mejor dejarlo y pasar a otra cosa. Me pasa bastante.
Volviendo a la idea de la voz y la estrategia creativa, hay una frase de Nicanor Parra que dice que 'la poesía no puede ser sino la mala conciencia de la época'. En cierto sentido, tu poesía parece reencauzar esa idea, abordando múltiples puntos ciegos de la modernidad: una realidad caótica, difícil de nombrar incluso en términos ideológicos. ¿Sigue siendo esa una consigna en tu trabajo? Y ¿cómo ves la praxis poética hoy, en un contexto travesado por lo digital, por la sobreestimulación, por esta pérdida de la capacidad de narrarse a uno mismo?
Es complejo. Pero sí, creo que el hilo conductor de mis libros es, de alguna forma, la violencia. Abordada desde distintas perspectivas, pero siempre presente.
Sin ser libros explícitamente políticos ni panfletarios, sí problematizan ese contexto que mencionas: capitalismo, globalización, lo que sea que estemos viviendo.
Sobre el presente, creo que es difícil definir el rol de la literatura. A primera vista, parece cada vez más anacrónica. Sobre todo en las nuevas generaciones, la relación con el libro como objeto y con la lectura como experiencia va a contramano del ritmo de vida actual.
Creo que los próximos años serán decisivos. Ya vemos el impacto de la inteligencia artificial en la escritura, en premios literarios, en la producción de textos.
El oficio mismo de escritor está en entredicho. Y me preocupa que la literatura se consolide en dos extremos: como una actividad elitista, encerrada en la academia, o como un consumo superficial, visible en redes sociales, donde se acumulan libros, se contabilizan páginas, pero sin una relación profunda con la lectura.
Desde lo creativo, entonces: ¿dónde situarías el origen de la poesía? ¿Entre la técnica y la inspiración?
Yo soy un escéptico de la inspiración. Pero sí creo que hay un misterio en ese primer llamado. Cómo ocurre, cómo se dan las cosas. En mi caso, fue ese encuentro con la poesía a los 14 o 15 años. Creo que lo que íntimamente pensé y que es lo que me removió el piso fue no entenderlos, no entender esos poemas. me parecieron como escritos en otro idioma. Había otro idioma. Otro registro. Y me pareció más inquietante que leer un texto en otro idioma. Porque tú lees un texto en otro idioma y no lo vas a entender, pero es entendible. Pero yo estaba leyendo textos que estaban escritos en mi idioma, palabras que yo conocía, pero que estaban dispuestas, estructuradas, como que... Y me resultaba extrañísimo. Extrañísimo. Y mi acercamiento a la poesía nació de esa extrañeza. Necesidad de más extrañeza. O sea, buscar en la biblioteca pública de Natales los libros de Neruda, los de Huidobro, que son los primeros, de Rokha, de Tellier después, de Lihn. Buscando más extrañeza.
Y el libro, mientras más extraño era, más me apasionaba. Más me apasionaba. Esa extrañeza fue el punto de partida. En lugar de alejarme, me atrajo. Busqué más de eso. Creo que con lo que escribo me ocurre lo mismo. Los libros que escribo me causan extrañeza.
Y lo he hablado de repente con alguna gente, claro, y me dicen, pero eres el autor, entonces tú sabes de qué estás hablando. No sé si es tan así, yo creo que uno controla el discurso, el mensaje hasta cierto punto, pero llegas a un punto en el cual la cosa se te escapa. Pero a mí mis libros me resultan extraños. Y creo que en eso, esto conecta con esa primera experiencia lectora que tuve hace tantos años atrás. Creo que es lo que se mantiene, la extrañeza.
Eso va muy de la mano con la crisis de sentido actual. Hoy, en que todo es información, ¿crees que es posible que la poesía sea como esa defensa del misterio, de ir hacia lo extraño?
Yo creo que sí. Enfrentarse a un libro de poesía sigue siendo una experiencia de extrañamiento. Pocas palabras, pero pueden haber ahí grandes misterios... Para el misterio... Para la extrañeza... Como tú dices, para quedar groggy o para quedar en jaque. Enfrentarse a cuestiones que probablemente superan tu entendimiento. Y va más allá. Ahí hay una cuestión que es muy enigmática. Como les decía antes, últimamente estoy leyendo mucha narrativa, releyendo narrativa y tratando de cubrir algunos vacíos que tengo en mi formación como lector de narrativa. Pero esa sensación de extrañamiento o esos golpes brutales que de pronto un verso, un simple verso, puede darte, me cuesta encontrarla en la narrativa. Son experiencias muy distintas.
Esa connotación enigmática la encuentro sobre todo en la poesía. La narrativa me interesa, pero no siempre produce ese golpe inmediato que puede dar un verso.
He estado leyendo a Juan Carreño, libros rarísimos. También a Héctor Hernández Montecinos, que vino a Punta Arenas y me dejó su último libro. Son textos larguísimos, desmesurados. Este último son, no sé, 600 páginas. Son escrituras raras. Escrituras anómalas. Y que existan esos libros, que se publiquen, aunque sea en circuitos marginales, es un acto político, y me parece un gesto no menor..
Finalmente, ¿cómo resumirías tu experiencia poética hoy? ¿Qué ha cambiado en el Miguel Bórquez de ahora?
Diría que tengo más inseguridades que antes. En mis primeros libros había más entusiasmo, más confianza. Hoy me cuesta mucho más sentir que un libro está terminado o que funciona. Soy más crítico. Y también tengo más conciencia de que mi escritura, la poesía que hago, tiene un componente narrativo muy marcado. Entonces, me pasa sobre todo con ...Paisaje en retirada, por ejemplo, un libro que cuando lo terminé, porque igual tuvo varias versiones previas, sufrió hartas modificaciones. Cuando tuve la versión que finalmente se incluyó en el libro y la revisé con conciencia crítica me hice la pregunta: ¿En realidad esto sigue siendo un libro de poemas? ¿O ya esto es una cosa distinta? ¿O es una especie de novelita? ¿O un híbrido? Una cosa más inclasificable.
Yo creo que mi literatura ha... No diría que se ha consolidado porque... No se ha consolidado para nada, pero creo que se hace más evidente que es una poesía que tiene un componente narrativo importante. Creo que es una poesía que está muy al límite con lo narrativo, que ya más bien es una especie de hibridez de la cual creo que me va a costar mucho desengancharme. Lo intenté con este libro que les contaba hace un rato, con Escoriales, pero creo que mi forma más natural de expresión está en esa mixtura entre lo poético y lo narrativo.





Espectacular entrevista. Miguel Bórquez es un gran poeta y escritor, su libro "Ensayos sobre un paisaje en retirada" es bastante imaginativo y pegadizo. Al leer el libro uno ve la imagen en su mente y también como esta se va distorsionando con cada vez más profundidad. Esta obra siento yo, debería en algún punto ser más elogiada. Realmente este libro me hipnotizó de una manera bastante rápida y me gustaría felicitar al autor, es un gran hombre, profesor y persona. Mis más sinceras fuerzas mientras leo "Últimas visiones del Chernóbil americano" esperando que pueda encontrar la manera de siempre darnos de su genialidad.