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Las flores escondidas en el indoor

  • Foto del escritor: Revista Crisol
    Revista Crisol
  • 3 feb
  • 3 min de lectura

Un relato breve inédito de Tanu


<"Love and Plomo (1985)"

Ella prendió el caño de forma tan sensual que casi se lo hago de nuevo. Me lo pasa, le doy unas quemadas y veo cómo el humo se eleva en el aire.

A contraluz se dibuja su hermosa silueta cartagenera entre el humo. No puedo dejar de recorrerla con la mirada, mientras pienso si decirle que es la mujer perfecta para mí, pero me da miedo. Quizás no soy lo que ella busca. Tal vez soy muy fem.

Mientras…>


Mientras ella escribía, alguien llamó a su ventana. No se sobresaltó. Sabía exactamente quién era y a qué venía. Eran las 00:08, más o menos la hora en que su peuco la visitaba religiosamente. Él se escapaba de su turno en la caldera.


Abrió la cortina. Sus miradas se encontraron y las sonrisitas saltaron instintivamente. Llevaban saliendo seis meses. Se conocieron aquí, en la esquina más recóndita de la tierra, donde el diablo perdió el poncho. Tierra del Fuego, una isla azotada por el viento y envuelta en una bruma gélida, un lugar tan apartado que parecía suspendido en el tiempo, donde la ley no llegaba y la clandestinidad era el único modo de vida. Allí, en medio de ese paisaje agreste y hostil, habían encontrado un rincón propio.


La primera vez que se vieron, él la sorprendió forjando un cigarro escondida detrás del taller de Hernández. Fue también la primera vez que fumaron juntos.


Como cada madrugada, ella abrió la ventana muy despacio, intentando no hacer sonar las bisagras faltas de W40. Él subió una pierna al marco, tomó impulso… y tiró una lámpara al suelo haciendo un sonido estrepitoso.

Y tal como en “1, 2, 3 ¡momia es!”, ambos se quedaron quietos, mirándose fijamente con expresión de angustia, recordando aquel día, hace cuatro meses, en que casi los pillan. Pero no fue culpa de ellos. Fue culpa de Yisus, mejor amigo y socio del peuco, quien abastecía de flores el jardín.


Esperaron unos segundos. Luego, él pasó la otra pierna por el marco y se acercaron. Tiernamente se besaron.


Sin rodeos, procedieron a lo que los convocaba. Él sacó de su bolsillo un moledor. Ella, de un cajón, su estuche rosado con brillos. Del estuche, papelillos y filtros. Él le cedió el honor de prender el cigarro. Cuando el humito por fin salió, se miraron con ojitos cómplices. Él se apresuró a prender un incienso para intentar disimular el olor.


Fumaban acostados, disfrutando del silencio y esa falsa sensación de soledad que te da la madrugada.


Mientras sonaba despacio Is This Love, él la abrazó, acurrucándola. Ella sentía aquel perfume dulce, fuerte y embriagante —ese que, por una razón que no entendía, podía percibir a metros de distancia. Ese que desde el principio lo hizo distinto a los demás.


Ella inhaló por última vez, apagó el caño en el cenicero, y como si se tratara de un movimiento involuntario, él salió de la cabaña tal como había entrado, desapareciendo en la fría y rufiana noche.


Ella tomó su computadora y comenzó a escribir:


<“Mientras nos miramos fijamente, con esas sonrisitas que solo las justifica el amor, tocan la puerta. Mi costeña se pone de pie, camina hacia ella, mira por el pomo, y como mil estrellas surcando el cielo nocturno, mil balas de la DEA atraviesan su interior. Caía por fin la última ficha del imperio.”>


Escribió el punto final, cerró la computadora, tomó el celular, entró al chat de "Gricelda❤️" y escribió:

<"A las 5:30 nos pasa a buscar Quilín y bajamos a Porve. Espérame con un bluntcito. Te extraño, mi Blanquita.">


Compartió un sticker de un gato con ojos de corazón, bloqueó la pantalla, cerró los ojos, sintió cosquillas en el abdomen bajo y suspiró hondo. Aún olía a él.


 
 
 

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