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Alerce

  • Foto del escritor: Alfonso Matus Santa Cruz
    Alfonso Matus Santa Cruz
  • 8 dic 2025
  • 7 min de lectura

Actualizado: 21 abr

Por Alfonso Matus



Todo nombre es síntoma y confusión cultural. La llama altiplánica fue llamada “carnero de las Indias” por los conquistadores españoles, así como la guayaba fue bautizada “manzana de Indias”. Cuando penetraron en los bosques australes y se toparon con este imponente árbol que hondeaba el cielo como una columna rojiza lo llamaron alerce, por su parecido al alerce español. La voz original es del árabe al-arzar, nombre del cedro.


Los huilliche, mapuches asentados al sur del río Toltén lo llamaban lahual o lahuán, ambos vocablos derivados de lahuén, mapudungún para anciano, honrando su principal característica: la longevidad milenaria.


La nomenclatura científica se origina en la expedición que realizó el capitán Fitz-Roy a las costas del sur de Chile en 1836 en los buques Beagle y Adventure. Trajo consigo algunas muestras que llamó Thuya tetragona, pero luego su hijo James Dalton Hooker enalteció a su padre llamándolo Fitzroya patagónica. Finalmente el naturalista Rodulfo Amando Philippi, quien llegó a Chile invitado por su hermano Bernardo, encargado de traer colonos al sur, realizó múltiples expediciones, describió más de 1600 especies botánicas en el territorio, y, entre ellas, dio su nombre definitivo al alerce: la Fitzroya cupressoides.


Su envergadura oscila entre los treinta y cincuenta metros, aunque algunos ejemplares alcanzan los setenta metros. Su tronco puede llegar a un diámetro de entre 1 y 3 metros. Crecen mansos, con una paciencia casi mineral, a un ritmo de 3 centímetros por año en promedio. Sus anillos de crecimiento, los strata lini concentrica, son finísimos. Gracias a los métodos de la dendrocronología (dos anillos equivalen a un año) se han llegado a registrar ejemplares con más de tres milenios de vida, siendo los más longevos uno del parque Alerce Andino, que superaría los 4000 años, y el candidato al árbol más antiguo del mundo, el “Gran abuelo”, ubicado en el Parque Nacional Alerce Costero, cuya edad se estima en unos 5400 años, según un estudio de 2022. Este coloso que antecede a los Vedas y la Epopeya de Gilgamesh se eleva sesenta metros hacia el cielo y posee un tronco de cuatro metros de diámetro.


Su madera es: “Colorada oscura o morena rojiza, liviana, muy dura, pero dócil i suave, fibrosa, poco nudosa, incorruptible, fácil de partir, no se tuerce, ni se apolilla”. Según Vicente Pérez Rosales es una fusión de todas las maderas de Chile. Estos atributos le han valido el apodo de príncipe o rey de los bosques.


Es una conífera perenne, de hábito piramidal, copa estrecha y alargada, ramas angulosas y hojas aovado-oblongas. Sus raíces son proporcionadas y de tan desmesurada grandeza, que de ellas sacan astas muy largas para lanzas, tan fuertes, derechas y nerviosas, que se hacen un arco, y soltándolas se vuelven a enderezar, sin quedar sin vicio ni torcimiento.


Los alerces están presentes entre el paralelo 39° y 42° sur, una franja que comparten con sitios arqueológicos mapuche, como las sepulturas orientadas hacia el solsticio de San José de la Mariquina; el bosque valdiviano, relicto geológico que alguna vez formó parte del súper continente Gondwana; los lagos y volcanes poblados por espíritus mapuches; y, al otro lado del mundo, al sur de Nueva Zelandia, se ubican la cuevas de Wairau Bar, donde se hallaron conchas talladas, anzuelos de hueso y semillas traídas por los antiguos navegantes de la Polinesia.


La resina del alerce es descrita por el padre Rosales: Herido el Alerze, derrama un licor pingüe y oloroso que bañado del aire se congela en goma muy aromática y medicinal contra hinchazones y dolores procedidos de frío.


De su corteza se deriva la estopa que servía para calafatear las canoas magallánicas, las dalcas chilotas o las piraguas alacalufes, así como las embarcaciones usadas por cazadores de pieles y aventureros, construidas con las tablas y la estopa del alerce.


El centro de gravedad económico del alerce era la fabricación de tablas a partir de su madera. Se cuenta que el corsario Drake, al saquear el puerto de Valparaíso, se llevó como parte de su botín tablas de alerce avaladas en sesenta mil pesos oro de la época. La calidad y los atributos de su madera son ampliamente elogiadas: “La madera de alerce tiene excelentes propiedades físicas y mecánicas… tiene una gran durabilidad natural y no es atacada por hongos ni insectos, incluso no es atacada por la polilla de mar”. Es muy flexible, carece de nudos, posee propiedades fungicidas, además de taninos, que impiden la oxidación causada por los fermentos producidos por los hongos. Es liviana, blanda y fácil de trabajar.


Si existiera una antología de la arquitectura colonial en el sur chileno las tejas de alerce, que resguardan miles de casas en las ciudades y pueblos desde Valdivia hasta Chiloé, serían una de las protagonistas indiscutidas. El poeta Jorge Tellier rememora el techo de alerce rojo de la casa de su madre en el poema que le dedica, además de componer estos versos sobre el árbol milenario:


“En el corazón de los alerces se apaga un tictaqueo repitiendo: ‘No hay tiempo, no hay memoria’.”

Se estima que 100 a 200 mil tablas de alerce se producían en el archipiélago cada año durante el siglo XVIII. Esta industria monopolizaba la fuerza de trabajo en la provincia de Chiloé: hacia 1883 una de cada siete personas trabajaba en la explotación del alerce, y una década después la producción se aproximaba a los dos millones de tablas por año. Estaba tan entramada en la cultura que los chilotes podían calcular la edad de un niño según la cantidad de tablas que podía cargar. La industria era familiar y permeaba las costumbres y la arquitectura de la isla: sus cientos de iglesias, las más antiguas construidas en madera que siguen en pie, han perdurado gracias a su materia prima.


Las condiciones laborales eran duras y mal retribuidas: además de cargar treinta o cuarenta kilos de tablas de alerce al hombro por decenas de kilómetros de terrenos desiguales hasta los embarcaderos y puntos de acumulación, los tableros, como llamaban a los trabajadores del alerce, nunca producían más de cuatro pesos por semana, lo que los solía convertir en deudor de sus patrones.


Todos trabajaban a un tiempo, todos descalzos, y todos, mujeres, viejos y niños… En cambio de los centenares de reales-tablas que entregaba el vendedor, recibían harina, sal, ají, mucho licor, y los muy necesarios artículos ultramarinos.


La asimetría del negocio era tajante: mientras el trabajador vendía cada tabla de alerce a un real el comerciante conseguía 4 reales por ella en Lima; asimismo, el chilote pagaba 10 pesos por una arroba de azúcar que el comerciante traía de Lima por cuatro pesos y cuatro reales. Para luchar contra esta desigualdad tres vecinos chilotes iniciaron la construcción de tres navíos en el siglo XVIII. Buscaban romper el monopolio de los comerciantes limeños, pero las autoridades ordenaron la suspensión de las faenas al no estar autorizadas, evidenciando la connivencia del gobierno con los comerciantes. Este abuso llevó a que casi la mitad de la población abandonara la isla entre 1760 y 1780.


El glosario que los chilotes crearon para el alerce era tan amplio como el de los innuit para la nieve: cude, es el desgajado, escaso de copa, pero vivo; chanhuai, el de tronco bifurcado; guyen, un alerce de buena calidad; hualli, el joven; noncol, el caído sobre el que crecen otros árboles; pitrán, el de corteza delgada; regañato, el derribado de raíz; cantutún, descanso del que carga las tablas para cambiarlas de hombro; el cui cui, madero que servía de puente sobre hondonadas u barrancos para cruzar cargando las tablas.



En una de las obras fundacionales de la cosmología china, el Huangdi Neijing o Clásico interno del Emperador Amarillo, la madera se describe como uno de los elementos o fases esenciales del ciclo cósmico: “De las cinco fases: al Este corresponden Jia y Yi —la madera—; la madera gobierna la primavera. La primavera es el color verde / azulado; rige el hígado; el hígado pertenece al meridiano jueyin del pie.”


木生火: La madera engendra al fuego.


En sus expediciones hacia el sur de Valdivia en busca de terrenos que pudieran ser habitados por los colonos Vicente Pérez Rosales fue guiado por un baqueano, el huilliche Pichi Juan, quien pasaría a formar parte del linaje de infames pirómanos fundado por Eróstrato el año 356 AC. La única solución para abrirse paso entre la frondosa selva valdiviana de Chan Chan era prender fuego para despejar. Fue así como Rosales le encomendó la misión a Pichi Juan:


“En mi tránsito, ofrecí a Pichi-Juan treinta pagas, que eran entonces treintas pesos fuertes, porque incendiase los bosques que mediaban entre Chanchán y la cordillera, y me volví a Valdivia a calmar el descontento que ya comenzaba apoderarse de los inmigrantes, los cuales no sabían qué hacer de sus personas en el provisorio alojamiento donde, por falta de terrenos les había dejado.”


La estrategia de prender fuego en varios puntos fue tan efectiva que ni siquiera la humedad reinante y las copiosas lluvias frenaron el avance del incendio que se prolongó por tres meses. Se propagó tan rápido que el incendiario Pichi Juan solo se pudo salvar refugiándose en el tronco hueco de un coihue, cavando una fosa entre sus raíces. Los mismos árboles que destruía acabaron salvándole la vida.


“Esa espantable hoguera, cuyos fuegos no pudieron contener ni la verdura de los árboles ni sus siempre sombrías y empapadas bases ni las lluvias torrentosas y casi diarias que caían sobre ella, había prolongado durante tres meses su devastadora tarea, y el humo que despedía, empujado por los vientos del sur, era la causa del sol empañado, al cual, durante la mayor parte de ese tiempo, se pudo mirar en Valdivia con la vista desnuda.”


La lectura del territorio que hacía Rosales era de una funcionalidad intachable, en esa época las consecuencias ecológicas de un incendio colosal ni siquiera se infiltraban en esa cámara oscura que hoy llamamos conciencia: “Todo el territorio incendiario era plano y de la mejor calidad. El fuego, que continuó por largo tiempo la devastación de aquellas intransitables espesuras, había respetado caprichosamente algunos luquetes del bosque, que parecía que la mano divina hubiese intencionalmente reservado para que el colono tuviese, a más del suelo limpio y despejado, la madera necesaria para los trabajos y para las necesidades de la vida.”


Como hubo hombres que lo talaron y quemaron sin mediar contemplaciones también hubieron poetas que cantaron ante su imponente legado silencioso, aquí una estrofa del poema que le dedicó Germán Escobar:


Emigra más al sur, buscando el polo,

donde el filo de la codicia se congele;

oculta tu dignidad, envuélvete en la bruma,

dale más plazo al hombre, aguárdalo crecer,

el también necesita que lo aquiete el buen tiempo

para dar con las semillas de la paz.

Deja que pasen milenios y milenios

y un día muy remoto, del que no tengo aviso,

vendrán los hombres buenos a buscarte,

a descubrir esos viejos secretos

que vienes ovillando del pasado.

Frente a ti se sentarán en silencios

y tú les irás regalando tu silencios

y les irás contando, sin decirles,

todo lo que te pregunten, sin hablarte.

Presencia con presencia, nada más,

paz y silencio, nada más.


Libros consultados


Recuerdos del pasado (1814-1860) - Vicente Pérez Rosales

El alerce, patriarca de los bosques de Chile - Ortega, E.

Huangdi Neijing o Clásico interno del Emperador Amarillo

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